lunes, 18 de agosto de 2014

UNA SOLIDA ACTUACION QUE SIN EMBARGO NO CAUTIVO AL PUBLICO




Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, Director: Enrique Arturo Diemecke. Solistas: Mariano Rey (Clarinete), Gabriel La Rocca  (Fagot). Programa: Richard Strauss: Dueto Concertino en Fa mayor, para Clarinete, Fagot, Orquesta de cuerdas y Arpa, Op.147. Anton Bruckner: Sinfonía Nº 8 en Do menor. Teatro Colón: 14/08/14.

  Después del “Vendaval Barenboim”, la vuelta a la vida musical cotidiana,  y, sin solución de continuidad, la Filarmónica ofreció su onceavo concierto de abono con una programación interesantemente estructurada. Sabido es que a Enrique Arturo Diemecke le gusta programar mayoritariamente mas de una obra por concierto. Es un enfoque valedero, al que teniendo en cuenta que la obra de fondo era nada menos que la octava de Bruckner, el recuerdo casi inmediato fue el de la actuación de 1987 de Zubin Mehta para el Mozarteum en el Colón, en el que el Director Indio la ofreció en su última visita con la New York Philarmonic, junto con un concierto de Mozart para Oboe y Orquesta. Aquí se optó por una Obra tardía de Richard Strauss como lo es el Dueto Concertino para Clarinete, Fagot, Orquesta de Cuerdas y Arpa. Si se mira bién, Bruckner, Strauss (cronológicamente, la siguiente generación al maestro de Sankt Florian), interesante combinación, aunque con semejante catedral sonora de fondo, lo deseable hubiese sido que se la escuchara sola.

  La obra de Strauss tuvo en Mariano Rey en Clarinete y a Gabriel La Rocca en Fagot, como interpretes ideales. Tantos años complementándose como interpretes de fila de vientos en Filarmónica, Quinteto Filarmónico y otras agrupaciones de Cámara, no hizo mas que ratificar la calidad de ambos para una obra simpática, que no pasa de allí, porque ya es un ejercicio compositivo de un veterano Richard Strauss, carente de mayores pretensiones. El marco orquestal sonó muy prolijo y ajustado.

    El momento cumbre sobrevino después. Siempre sostuve que a través de sus sinfonías y, dada su primaria condición de notable organista, Antón Bruckner, buscó siempre  plasmar en la Orquesta, todo lo que lograba como improvisador notable en el Organo. La Octava, sin dudas, es su obra cumbre.  Su estructura es la Clásica. Cuatro movimientos, un “Allegro” inicial, un “Scherzo” (en este caso en segundo lugar, otras veces en tercero, según la ocasión), un infaltable “Adagio” y un “Finale” generalmente en “Allegro”. Por la época de composición de la página,  el Este Europeo se hallaba en una etapa convulsionada. El Zar Alejandro III y el  legendario Emperador Francisco José, se entrevistaban en Olmutz para frenar un conflicto armado. Esa circunstancia, mas que ninguna otra influyó en Bruckner, quien evidentemente plasmó en el pentagrama todos sus pensamientos referidos a la circunstancia. La angustia que trasunta el primer movimiento es evidente. En el segundo, recurre a “Miguel”, un simpático personaje popular austríaco, como el mensajero que va a “mirar” la entrevista. El “Adagio”, es la manifestación mas contundente de la expresión de sentimientos del autor sobre todo lo que le provocaba el momento, y el “Finale” es la exclamación por la paz finalmente mantenida. Todo lo que expuse está plasmado de manera magistral en música. Al momento de escribir esta crónica, si Uds. escucharon previamente “Opera Club” en el programa del Sábado pasado, mantuvimos con Roberto Blanco Villalba un amable intercambio de opiniones e impresiones, dado que aquí se empleó una de las dos versiones aceptadas por la Sociedad Internacional Bruckner y es la que Leopold Nowak publicó en 1954 (hoy le diríamos “Edición Crítica”), en detrimento de la de Robert Haas publicada en 1935, basada en la partitura que Bruckner produjo en 1890 (De ahí mi cita en el programa, en el sentido que la Haas era de 1890). No pretendo entrar de ninguna manera en un debate innecesario, solo expreso que si la Internacional Bruckner acepta también la Haas como versión válida, en mi gusto la  prefiero, aún cuando no se sepa si Haas agregó cosas o si, como también se dice, son materiales escritos por el propio Bruckner, luego descartados por El. Todo se centra en los dos movimientos finales, en el Adagio, con un corte previo a la cumbre dramática y una reorquestación en Cornos y tubas wagnerianas que toman solemnemente el tema principal del “Adagio” previo al final del mismo. Y en el último, una serie de cortes abruptos que tiene la edición Nowak, que a mi entender, alteran la coherencia del discurso musical  y un corte abrupto, previo a la coda final, que visualicé en las partituras con una gruesa línea sobre el pentagrama, que evidentemente obedece a Diemecke , como ocurriera en la 5ta. Bruckneriana del año pasado. Sabemos de las inseguridades del Compositor y de su Obsesión por querer tener todo dominado y controlado y de “revisores” que hicieron de las suyas (los célebres hermanos Schalk por ejemplo) y por eso aparecen partituras de una misma obra por todos lados y diferentes versiones. Esta es mi postura, tomando que la de Haas es aceptada como válida,  entiendo que se sacrificó material necesario de exponer. Punto y final.

  Orquestalmente, la Filarmónica interpretó Bruckner.  Con un ajuste perfecto, sonido homogéneo e intensidad interpretativa gracias a Diemecke, que hizo un trabajo casi perfecto. Entiendo que si, como insistimos en “Opera Club”, desde el Colón se le acordara hacer un trabajo con mayor presencia suya en Buenos Aires, la agrupación alcanzaría niveles mucho mas altos aún que los presentes. Lamentablemente al público no le quedó la misma sensación, ya que unos tenues “Bravos” y tan solo una módica salida a escena fue el único premio a la labor, aunque a Diemecke igualmente  se lo vió reconfortado, saludando con su proverbial simpatía. Evidentemente su satisfacción intima, fue lo que, sin dudas, valió.


Donato Decina

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